Los cuatro elementos – Un acercamiento a la creación del álbum ilustrado

Las secciones de libros infantiles en las librerías suelen estar llenas de montones de libros. Los hay de muchos tipos, desde los que son especialmente para bebés hasta para adolescentes. La mayoría resultan atractivos, con portadas llamativas y llenas de color. Pero los que más atrapan la vista son, en mi opinión, los álbumes ilustrados. Como sirenas, llaman a chicos y grandes al igual, aunque los niños mayores y los adolescentes generalmente no quieran aceptar que les gustan porque han sido prejuiciados en su contra. Pareciera que les da vergüenza que los vean leyendo cuentos para “chiquitos”. Lástima, porque hay numerosos que podrían ser leídos por ellos y se pierden de mucho cuando no lo hacen.

Es casi un hecho que los primeros libros con los que los pequeños entran en contacto son los que son conocidos en inglés como picture books y picture story books, sus “hermanos mayores”. En español los conocemos como álbumes ilustrados.

La diferencia, según Uri Shulevitz, radica en que:

“A story book tells a story with words. Although the pictures amplify it, the story can be understood without them. The pictures have an auxiliary role, because the words themselves contain images.

In contrast, a true picture book tells a story mainly or entirely with pictures… the pictures extend, clarify, complement, or take the place of words. Both the words and the pictures are ‘read’. Naturally, such an approach leads to using fewer words—or sometimes none at all. (Shulevitz, 15)[1]

Por lo tanto, podemos decir que el álbum necesita de cuatro elementos básicos para su creación. Los primeros tres son el texto, la ilustración y el soporte material, o sea, el libro en sí. Estos se deben combinar adecuadamente para producir un libro que el niño querrá leer y observar vez tras vez.  ¿Y el cuarto elemento creativo? Es el lector, sin importar su edad. En el caso de estos libros, como el adulto es el que compra o escoge el libro y que en el mejor de los casos, lo compartirá, preferiblemente de manera lúdica y sin presiones, vez tras vez con un pequeño (porque ellos piden que se lea el libro constantemente hasta que llegan a aprendérselo de memoria), se establecen lazos emocionales con el libro y la lectura. La lectura es un acto creativo tanto para el lector como para el que escucha y ve.

Esto se puede hacer desde que el bebé está en el vientre, cuando se acostumbra a la voz de sus padres, y por siempre ya que se recomienda seguirle leyendo en voz alta aun a los niños que ya saben leer. Es una actividad deliciosa que hace que haya un acercamiento más profundo entre el que lee y el que escucha. ¿Qué puede igualar el pasar un rato en familia leyendo un libro emocionante o divertido, con la tele apagada y concentrados en la historia? Pocas cosas… La lectura en voz alta, algo que hace mucho tiempo era una actividad ordinaria en una familia, es una de las maneras más agradables para lograr que los pequeños se interesen en los libros y, después, amen la lectura.

Los álbumes ilustrados, generalmente de poco texto y mucha ilustración, son básicos para introducir a los niños a los libros tanto recreativos como informativos. Por lo general son atractivos, divertidos, contestan muchas preguntas y el momento de la lectura, en el cual se comparte la actividad con un adulto cercano al niño, puede ser decisivo en el futuro lector. Los lazos afectivos establecidos por el triángulo libro-adulto-niño durarán por toda la vida y, generalmente, hacen que los niños se enamoren de los cuentos y tengan armas para resistir contra los métodos de enseñanza de la lectura que se emplean en muchos colegios.

Los textos raramente sobrepasan las 2000 palabras (habitualmente son más cortos) y, contrariamente a lo que piensa mucha gente, escribir e ilustrar un libro de este tipo es un reto nada fácil. El hecho de que el texto sea breve resulta engañador… así como el trabajo de ilustrarlos.

Por lo general, estos libros son de 32 páginas (aunque algunos pueden ser de 40 o hasta 48) y, en ese espacio, se debe desarrollar un cuento completo con un inicio, un clímax y un final satisfactorio. Según Susan Pearson, editora de libros para niños,[2] el cuento puede ser de varios tipos: lineal, redondo y del tipo lista. En el tipo lineal, la acción empieza en la primer página (incluso, a veces en la guarda), va subiendo la tensión hasta el clímax y con un final feliz. Un ejemplo podría ser En el desván, escrito por Hyawin Oram e ilustrado por Satoshi Kitamura, donde un niño sube al desván de su casa y, a través de su imaginación, vive muchas aventuras para después, al final, revelar que en su casa no hay tal lugar. El tipo circular es de estructura complicada pues un evento hace que el siguiente suceda y todo termina donde empezó. Un buen ejemplo es Si le das una galletita a un ratón de Laura Joffe Numeroff e ilustrado por Felicia Bond, donde, de manera muy divertida, se cuenta lo que pasaría si le dieras una galleta a un ratón, el cual en seguida pediría un vaso de leche, y posteriormente un popote para tomarse la leche para, después de varias situaciones chuscas, regresar al principio. El tipo circular no es nada fácil de hacer porque también tiene que tener un final satisfactorio y, si no está bien hecho, puede ser aburrido. Del tipo lista podemos mencionar ¿Me quieres, Mamá? de Barbara Josse e ilustrado por Barbara Lavallee. En el libro, una niña inuit, buscando ver hasta dónde llega el límite del amor de su madre, le pregunta, vez tras vez, si la seguiría queriendo si hiciera tal o cual cosa (como ponerle un salmón en su parka) y la madre le da una lista de las razones por las cuales lo siempre lo hará. Este tipo de libro también tiene su chiste porque no puede ser nada más un inventario, lo que se traduciría en algo aburrido. El final también tiene que ser satisfactorio.

El texto

Como los textos de este tipo de libro son muy concisos, la gente, como se dijo antes, cree que son fáciles de escribir. Nada más falso. Hay gente que piensa que son tan sencillos de escribir que servirán como práctica para hacerlo para adultos. Si solo supieran…

Como sucede con la poesía, los textos de un álbum son breves, claros, precisos, metafóricos, poéticos, preñados de sentido y usan las palabras exactas en el lugar apropiado. Deben tener una idea sencilla (mas no simplona o tonta) y cada palabra debe contribuir a desarrollarla para que sea comprensible al nivel de experiencia del niño. Como dicen Berthe Amoss y Eric Suben, un niño de cuatro años no podrá comprender los males de la guerra pero se le puede enseñar que es cruel patear a un perro (45-46).  También deben respetar la inteligencia del niño. Su experiencia del mundo podrá ser limitada pero eso no quiere decir que sean tontos. Además, en esta etapa aprenden más rápidamente que en cualquier otra edad. Los libros deben atrapar la atención del lector desde el primer momento. Por ejemplo, el autor no se puede dar el lujo de emplear páginas enteras de descripción… para eso están las ilustraciones. ¿Para qué relatar que el protagonista tiene pelo rojo, ojos cafés y pecas si se puede hacer en las ilustraciones? Como dice Jean E. Karl, “…a picture book, no matter whether it is fact or fiction, bears a strong resemblance to poetry because it must say a great deal in a few well-chosen words, put together in ways that make the whole more than the sum of the parts.”[3](18)

¿Qué se recomienda? Antes que nada, es importante conocer a los lectores para saber a quién se está dirigiendo el libro. No es lo mismo escribir para bebés que para niños de dos años o cinco.  También hay que leer mucho de estos libros para saber qué existe en el mercado. ¿Qué hizo ese autor para lograr ese libro? ¿Por qué lo publicaron? Generalmente se debe a que el lector se puede adentrar en el cuento porque se identifica con el protagonista o una situación que le resulta familiar. (En el caso de los libros infantiles y juveniles, los protagonistas son niños o adolescentes y ellos mismos son los que resuelven el problema) Parafraseando a Bruno Bettelheim, en The Uses of Enchantment, hay algo, escondido en el cuento, que le ayuda al niño encontrarle sentido a la vida.

Se puede decir que la mayoría de los libros de narrativa, sean para niños o adultos, siguen lo que se llama “el viaje del héroe”, basado, por Christopher Vogler, en los estudios hechos por Joseph Campbell y publicados en su libro The Hero with a Thousand Faces, donde habla de las estructuras básicas de las historias. Aunque con muchas variedades, la historia del héroe siempre es un viaje y este puede ser tan sencillo o complicado como quiera el autor, requiera la trama o la edad del lector.

Brevemente, el viaje consiste en dejar la existencia cómoda y conocida para emprender un viaje a un lugar diferente. Puede ser a un lugar externo (como a otra ciudad) o al interior (al corazón y espíritu) donde, al final, el héroe sufrirá o experimentará un cambio que lo hará crecer como persona.  Son viajes en que las emociones se involucran y hacen que el lector quiera seguir leyendo. Y hay que notar que el héroe no necesariamente es el más fuerte: cada viaje tiene un héroe, aunque, como escribe Vogler,  “…the path leads only into his mind or into the realm of relashionships”.[4](13)

El viaje consiste en varias etapas que, según Vogler, son las siguientes:

El mundo ordinario. El héroe o personaje principal (sea hombre, mujer, animal o criatura de la imaginación) sale de su mundo conocido y entra a uno inexplorado.

El llamado a la aventura: El héroe es presentado con un problema o aventura que tiene que resolver y no puede resistir el llamado ni quedarse en su mundo conocido. En esta etapa es cuando se revela la meta del héroe, sea, por ejemplo, ganarse un concurso u objeto o algo más trascendente que cambiará su vida.

La negación de acudir al llamado. A veces el héroe se rehúsa a escuchar el llamado por un profundo temor a lo desconocido. Pero algo hará que cambie de opinión.

El mentor. Por lo general es un hombre o mujer de edad avanzada y de mucha sabiduría. La relación que establece con el héroe es básica, casi como la de un padre con un hijo. Su función es preparar al héroe a enfrentar sus miedos… pero no actuará por él.

Cruzando el primer umbral. Es cuando el héroe decide emprender el viaje y, aun con miedo, acepta las consecuencias de hacerlo. En este momento el cuento cobra vida y la aventura inicia.

Pruebas, aliados y enemigos. Pasando el primer umbral, el héroe se encontrá una serie de retos y amenazas, hace amigos y enemigos y aprende las reglas del nuevo mundo.

Acercamiento a la cueva más profunda. El héroe se acerca al borde o frontera de un lugar peligroso donde el objeto del viaje está oculto. Cuando entra a dicho mundo, el héroe pasa el siguiente umbral, preparándose para entrar a la cueva más profunda, donde encontrará mucho más peligro y hasta la muerte.

El sufrimiento. Aquí es donde el héroe se enfrenta a lo que más terror le causa. Es un momento negro y el más crucial de la historia, donde la tensión está a su máximo pues el lector no sabe si el héroe podrá sobrevivir. Toda buena historia necesita de un momento como éste.

La recompensa. Después de sufrir horriblemente (sea lograr matar al enemigo o sobreponerse a un evento crucial), el héroe toma posesión de lo que fue a buscar. Eso puede ser algo tangible (como un objeto) o algo como adquirir experiencia que llevará al héroe a conocerse mejor y hasta reconciliarse con el enemigo.

El camino de vuelta. El héroe emprende el regreso pero todavía no termina la historia porque puede existir más aventura como, por ejemplo, que el enemigo, con el que no se ha reconciliado del todo o que cambia de opinión, decida tratar de capturarlo de nuevo. Aún así, es el momento en que él decide regresar a su hogar aunque sigan existiendo peligros y pruebas.

Resurrección. Esto es, a veces, un segundo momento de peligro donde el héroe aparentemente “muere” pero vuelve a vivir, transformado en un ser más sabio que antes. Es como un examen final para el héroe para ver si de veras aprendió lo que tenía que aprender.

El retorno. El héroe regresa al mundo ordinario pero el viaje no servirá de nada si no retorna con un tesoro o lección aprendida. Puede ser, como dijimos antes, un objeto o con algo tan intangible como el amor, la amistad, la libertad o el conocimiento. Como apunta Vogler, “sometimes it’s just coming home with a good story to tell”[5] (25). Cabe decir que si el héroe no aprende algo, está condenado a repetir la aventura.

No todos los libros presentan todas las etapas. Recomendamos leer y analizar una variedad de ellos para detectarlos y ver cómo el autor las empleó. Esto es una base (no es una receta de cocina) pero sólo sirve si no es aparente en la historia y si no se sigue al pie de la letra. También se puede variar el orden y quitar algunas etapas por completo. Lo que es importante son los valores que se transmiten porque son símbolos de las experiencias universales. El viaje del héroe es, sobre todo, flexible e infinitamente variable.

Algunas recomendaciones para el futuro escritor

Hay tantas formas de escribir como hay autores. Por eso, si quiero escribir un libro sobre los animales de la granja, cabe estudiar cuántos de estos libros ya existen. ¡Muchos! Pero siempre puede haber uno que tenga un tratamiento diferente que lo distinga de los demás. Hay que visitar librerías y bibliotecas y leer, leer y leer y estudiarlos para saber, por ejemplo, qué hace que un libro sea un bestseller y otro no. Los clásicos, como las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis, han perdurado porque los niños los adoran puesto que siguen tocando las fibras de su interior y, cosa muy importante, no son aburridos. No importa qué tanta publicidad y buenas o malas reseñas reciba un libro: si al niño no le gusta, no lo leerá. También puede ser al revés: hay libros que son mal recibidos por la crítica pero los niños los quieren. Otra cosa que se necesita es escribir y practicar mucho para desarrollar un una voz propia. Conviene conocer las reglas gramaticales para poderlas romper. Las palabras se deben emplear de forma clara y concisa y el autor deberá desarrollar un estilo propio. Esto no quiere decir que se debe limitar el vocabulario (a los niños les encanta aprender palabras nuevas) pero que sea el adecuado y que se use en el lugar y momento correctos para que, en contexto y con la ayuda de las ilustraciones, se entienda.

Al escribir, es muy recomendable usar lo que en inglés se conoce como “show, don’t tell” cuando se escribe. Quiere decir que hay que enseñar, mas no decir, para que el niño se adentre en el texto. Por ejemplo, no es lo mismo decir “Juanito fue corriendo a la puerta” a “Juanito se derrapó cuando llegó a la puerta”. También, se recomienda involucrar los sentidos cuando se puede: “Paola sintió el sol en la cabeza”, “Toño acarició el lomo del perro”, etcétera.

¿Dónde empieza un libro de estos? Con una idea que se desarrollará desde el inicio, donde el niño recibirá algo de información sobre el cuento como los nombres de los personajes (se deben escoger con cuidado), el problema que se ha presentado y se tiene que resolver, el lugar donde se lleva a cabo la acción, etcétera, pero de manera precisa. El cuento debe tener un protagonista con el que el lector se pueda identificar y un incidente o problema que tendrá que resolver. Por ejemplo, puede ser un niño (o animal, pues los pequeños se identifican con los personajes antropomorfizados) que se enfrenta al primer día de clases en un nuevo colegio y tiene que separarse de su madre o padre. El final, por lo general feliz y lógico según lo que pasa en la trama, tendrá que ver con la manera en que él se enfrente a ese evento. Cabe decir que los personajes deben ser redondos y verosímiles para que el lector se identifique con ellos. También debe tener una trama bien estructurada. Algo nada fácil con tan pocas palabras o, a veces, sin ellas.

La parte central del cuento (middle en inglés) puede ser la parte más difícil pues el autor podría perder el ímpetu y la tensión del relato. Es indispensable mantener el interés del lector para que quiera darle la vuelta a las hojas.

El final debe ser el lugar donde todo se resuelve satisfactoriamente para el lector, en donde se atan todos los cabos, sin recurrir a decir que todo fue un sueño, señal de que el autor no tenía idea de cómo terminaría el cuento y se ayudó con este final tan trillado que, además, va a molestar a los niños, quienes seguramente se sentirán timados. Por lo general, el autor ya tiene idea del final antes de empezar a escribir aunque hay autores que empiezan con una idea en mente y, al ir escribiendo, la modifican. Hay creadores que afirman que el personaje parece llevarlos de la mano hacia otro final, que resulta, al fin y al cabo, el adecuado.

En un libro tan breve el diálogo debe usarse con mucha discreción. Según Susan Pearson, el mucho diálogo detiene la acción. Sólo se debe usar el necesario para que avance. Cada personaje debe tener una voz reconocible, hablar de manera realista y usando los modismos con discreción.

Después del primer borrador hay que revisar, revisar, y revisar, y, cuando ya se cree que está terminado… hacerlo de nuevo. Hay que ver que el cuento fluya, corregir la ortografía, leerlo en voz alta para oír el ritmo, eliminar las palabras superfluas, revisar la tensión y que tenga un final adecuado al texto. Esto produce un texto divertido, emocionante y atractivo que involucra al lector, desarrollando su imaginación y creatividad.

Es obvio decir que no debe ser moralista porque, aunque todo cuento tiene un mensaje, cada lector lo entenderá a su manera y no es necesario ser tan obvio. Los niños son lo suficientemente inteligentes como para sacar su propias conclusiones. Resulta importante recalcar que el autor debe escribir sobre algo que le apasiona para que ese amor se transmita al lector. Además, todas las fórmulas y recetas para escribir no sirven de nada si no hay esa pasión. Como dice Catherine Storr:

I have tried to make it clear that there are as many ways of writing for children as there are writers. Perhaps I’m prejudiced in believing that the very best children’s books are produced by those who discover, however they may have started, that they are writing largely for themselves. William Mayne was once asked for whom he writes his children’s books, and he replied ‘I write for the child I once was.’ I’m not saying that to write for any other reason is wrong or won’t be successful: but I doubt if any of the acknowledged geniuses in the field wrote their masterpieces entirely to please the young without discovering a childlike enjoyment of the works of their own mind. Someone has said that writers produce the sort of books they themselves like to read. This is, I think something that the would-be writer should never forget. (Bicknell y Trotman, 31)[6]

Y, para concluir esta sección, Barbara Seuling (261) sugiere los siguientes 10 mandamientos para escritores:[7]

  1. Ama a tu tema.
  2. Ama a tu lector.
  3. No empezarás sin antes meditar.
  4. Conocerás a tus personajes tan bien como te conoces a ti mismo… ¡o mejor!
  5. No empezarás hasta que conozcas a dónde vas y tengas un buen plan para el viaje.
  6. Pondrás punto final cuando el cuento esté terminado.
  7. No adorarás tus palabras como si estuvieran grabadas en mármol.
  8. Harás una copia en diskette, CD y papel.
  9. Estudiarás el mercado editorial con cuidado y sólo mandarás el cuento cuando estés seguro que lo estás enviando al lugar adecuado.
  10. Una vez entregado al editor, no pensarás en el cuento sino que te pondrás a trabajar en el siguiente proyecto con entusiasmo y alegría.

Y uno extra: serás conciso.

La ilustración

La ilustración es un elemento de suma importancia. Su función primaria es iluminar el texto… o sea darle luz a las palabras y al cuento. Las ilustraciones ayudan a clarificar las palabras aunque van más allá, pues favorecen la creación un ambiente. Además, dan detalles que, dada la brevedad de los textos, no se dicen en palabras.

El lector debe, a su vez, poder distinguir entre los elementos importantes y secundarios, estáticos y dinámicos, etcétera. Se recomienda, asimismo, ilustraciones con detalles que se integran a la ilustración de manera esencial. Hay que mantener un balance entre los elementos, sean sutiles o evidentes. En general, una ilustración no debe ser ambigua: debe ser clara y con contrastes que ayuden al lector a diferenciar entre los diferentes elementos que la conforman. Toda ilustración, aun la más compleja, debe tener blancos para que el ojo descanse.

El ilustrador es un aliado del autor.  Cuando esta mancuerna es positiva, el libro resulta espléndido. Como dijo Barbara Cooney, reconocida autora/ilustradora estadounidense, ganadora del prestigiado Caldecott Award para libro ilustrado en dos ocasiones,  “The pictures may be beautiful jewels in themselves, but they don’t hang together unless there is a string of them, which is the text, and that’s the foremost thing”.[8] Antes que nada está el texto; aunque el libro sea solo ilustración, posee un texto implícito.

Un libro mal ilustrado puede resultar poco atractivo. Si el cuento dice que el protagonista es una ardilla, el ilustrador, dentro de las libertades que tiene para iluminar el texto y darle a vida a su propia visión, no puede poner un elefante aunque le parezca que iría mejor ese personaje. Como dijo Susan Pearson, parafraseando a Barbara Cooney, “In the beginning was the word and no illustrator should forget it”.[9]

Cabe resaltar que el ilustrador hace una interpretación personal del texto y lo puede contar a su manera. Pero, esencialmente, debe empaparse en el texto para, como se dice coloquialmente, “no meter la pata”. Existen ilustradores que no leen el texto lo suficiente y no investigan, por ejemplo, la época, costumbres, tiempos, etcétera. El resultado es un libro que resultará poco creíble. Si la acción se lleva a cabo en tiempos de la Conquista de Tenochtitlán resulta erróneo situarlo en Teotihuacan, aunque los más pequeños no se den cuenta. El hecho de que sean niños no es motivo para menospreciarlos.

Al ver un libro, lo primero que salta a la vista es el tamaño, la forma y la escala, los cuales dependen uno del otro (Shulevitz, 89). El texto y el ambiente serán lo que, en gran medida, decidirán estos elementos.  En lo que se refiere a la escala del libro, o sea su tamaño, por lo general un libro pequeño da una sensación de intimidad y uno más grande provoca una sensación de amplitud (Shulevitz, 90). Los libros para bebés tienden a ser chicos para que no tengan problemas para manipularlos y hay libros muy grandes que son maravillosos en el salón de clases o en la biblioteca, cuando se comparten con un grupo de pequeños.

La forma del libro también da un mensaje importante y crea un ambiente. Generalmente, un libro rectangular vertical guía al ojo en una dirección perpendicular (de abajo hacia arriba), uno apaisado hace que el ojo recorra el libro de manera horizontal (y de izquierda a derecha) y el cuadrado sugiere un movimiento circular que hace que el ojo se dirija al centro.

La tipografía y su tamaño son elementos primordiales. La técnica empleada, sea acuarela, acrílico, collage, fotografía, grabado, papel recortado, lápiz, plastilina, etcétera, también debe de ir de acuerdo al cuento así como el uso de la línea, los colores, la perspectiva, la textura, el patrón, la simetría, la forma, la composición, la escala… y, algo muy importante, la congruencia en el desarrollo de los personajes. En lo que se refiere a técnicas, el efecto que da el collage no es lo mismo que el que provoca una acuarela y el uso de los colores también va de acuerdo a la atmósfera del cuento: si es tranquilo generalmente se usan colores de tonos pastel y no colores vibrantes que romperán con la idea del autor, a menos que se desee señalar un contraste.

Cabe mencionar que Shulevitz enfatiza:

Good design is inconspicuous: it does not draw attention to itself unnecessarily. Instead, it does its job quietly, enhancing the picture and making the whole highly readable. If the design becomes self-conscious, ‘showing off,’ it will take center stage and distract from the total effect of the page. The most important aspects of design to bear in mind are readability—of all the visual elements on the page—and breathing space, the white space around both the type and the pictures that provides rest for the eyes. (109)[10]

Cada cuento es diferente y requiere de una ilustración ad hoc.  No es lo mismo ilustrar un libro de divulgación sobre murciélagos que un cuento de narrativa y no es lo mismo ilustrar un cuento para bebés que uno para niños mayores.

Shirley Hughes, célebre ilustradora inglesa, lo dice muy bien cuando apunta que:

… the illustrator starts with a text which springs from somebody else’s imagination. He must immerse himself in it and work his way out intuitively before, summoning all his powers of research and imagination, he uses it as a springboard from which to jump. The idea is to give the author and publisher not what they want, but what they never dreamed they could have.[11]

Hay tantos estilos como ilustradores y basta darse una vuelta a la librería o biblioteca para maravillarse con las ilustraciones que aparecen en libros para niños.

El soporte material: el libro

En el mundo de los libros para niños hay muchos formatos. El material que se empleará (papel, encuadernación y portadas) están íntimamente ligadas con el tipo de cuento. Hasta las guardas resultan de vital importancia. Por ejemplo, los libros para bebés generalmente son de cartón grueso y hasta de plástico y  no es lo mismo un libro cosido a uno engrapado a uno engargolado. El tipo y gramaje de papel también juegan un papel relevante.

Los libros son de muchos tamaños y tipos: pop up (con ingeniería de papel), con hoyos y suajes, medias páginas, tipo comic, con cortinillas, seccionados, y un gran etcétera. Los hay caros y baratos, para colorear, morder, tocar y convivir al escuchar ruidos y sonidos. Hay una infinidad de libros…

El cuarto elemento

El cuarto elemento es, como dijimos antes, el contacto del adulto con el libro y el pequeño receptor. No hay nada más divertido, reconfortante y precioso que compartir un libro con él o ella y darle alas a su imaginación. Basta ver sus caras de asombro al ver la ilustración de un dinosaurio o un insecto, oírlos carcajearse cuando oyen algo chusco, o acurrucarse en el regazo cuando escuchan, vez tras vez, el cuento que los reconforta.

La lectura es un acto creativo.  Tanto el lector como el receptor crean un universo en común. Estos momentos son, y serán, básicos en la formación lectora de los pequeños. Los lazos emocionales que se establecen entre ellos, los libros y la lectura durarán por toda la vida.

¿Qué más se puede pedir?

Bibliografía

Amos, Berthe y Eric Suben, Writing and Illustrating Children’s Books for Publication-Two Perspectives, 1995, Writer’s Digest Books, Cincinnati, OH.

Bettelheim, Bruno, The Uses of Enchantment: The Meaning and Importance of Fairy Tales, Vintage Books, New York, 1989.

Bicknell, Treld Pelkey y Felicity Trotman, How to Write and Illustrate Children’s Books and Get them Published, 1988, North Light Books, Cincinnati, OH.

Cooney, Barbara, Beads on a String: The Art of Barbara Cooney,  (http://www.lib.uconn.edu/about/exhibits/cooney/conyfpg.htm), Nov. 2005.

Hughes, Shirley, en Bicknell y Trotman, p 70. Originalmente tomado de “A Telling Line” por Shirley Hughes, en Illustrators 33, Londres, 1980.

Josse, Barbara y Barbara Lavallee, ¿Me quieres, Mamá?, Chronicle Books,  San Francisco, 2004.

Karl, Jean E., How to Write and Sell Children’s Picture Books, 1994, Writer’s Digest Books, Cincinnati, OH.

Numeroff, Laura Joffe y Felicia Bond, Si le das una galletita a un ratón, Rayo Books, HarperCollins Nueva York, 1995. En inglés: If You Give a Mouse a Cookie,  Laura Geringer Books, 1985).

Oram, Hyawin y Satoshi Kitamura, En el desván, Fondo de Cultura Económico, 1993, México, D.F.

Roberts, Ellen M. The Children’s Picture Book-How to Write it-How to Sell it,1981, Writer’s Digest Books, Cincinnati, OH.

Seuling, Barbara, How to Write a Children’s Book and Get it Published, 1984, 1991, Charles Scribner’s Sons, New York, NY.

Shulevitz, Uri, Writing With Pictures-How to Write and Illustrate Children’s Books, 1985, Watson-Guptill Publications, New York, NY.

Vogler, Christopher, The Writer’s Journey-Mythic Structure for Writers, 1998, Michael Wiese Productions, Studios City, CA.

Wyndham, Lee, Writing for Children and Teenagers, 1968, 1985, Writer’s Digest Books, Cincinnati, OH.


[1] Un story book cuenta un cuento con palabras. Aunque las ilustraciones lo amplían, el cuento puede ser entendido sin ellas. Las ilustraciones tienen un papel secundario porque las palabras en si contienen imágenes.

En contraste, un picture book cuenta un cuento casi o completamente con ilustraciones… las ilustraciones extienden, clarifican, complementan u ocupan el lugar de las palabras. Tanto las palabras como las ilustraciones son ‘leídas’. Naturalmente, este acercamiento lleva a usar menos palabras—y a veces ninguna (traducción de la autora).

[2] Durante un taller para escritores de álbumes ilustrados en Honesdale, Pennsylvania, en Marzo 2005.

[3] “… un álbum ilustrado, sin importar si es de divulgación o ficción, tiene un fuerte parecido a la poesía porque tiene que decir mucho con unas cuantas palabras bien escogidas, unidas de tal forma que son mucho más que la suma de sus partes.”

[4] “…el camino sólo lo conduce al interior de su propia mente o al mundo de las relaciones.”

[5] “A veces es tan sencillo como regresar a casa con una buena historia que contar.”

[6] “He tratado de hacer claro que hay tantas maneras de escribir para niños como hay escritores. Puede que estoy predispuesta a creer que los mejores libros para niños son producidos por los que descubren, sin tomar en cuenta cómo empezaron, que están escribiendo más bien para ellos mismos. En una ocasión, William Mayne fue cuestionado sobre para quién escribe sus libros para niños y contestó ‘Escribo para el niño que una vez fui.’ No estoy diciendo que escribir por cualquier otra razón sea mala o no exitosa: pero dudo que ninguno de los reconocidos genios en el campo escribieron sus geniales obras enteramente para darle gusto a los pequeños sin descubrir un deleite infantil en la creación de su propia mente. Alguien ha dicho que los escritores producen el tipo de libros que a ellos les gusta leer. Esto es, creo, algo que cualquier escritor en ciernes nunca debe olvidar.”

[7] La autora hizo unos pequeños cambios para adecuar los 10 mandamientos a la época actual, como en el caso del  número 8.

[8] “Las ilustraciones pueden ser, por si solas, bellas joyas, pero no cuelgan juntas a menos de que haya un hilo de ellas, que es el texto, y eso es lo más importante.”

[9] “En el principio estuvo la palabra y ningún ilustrador lo debe olvidar.”

[10] “El buen diseño pasa desapercibido: no llama la atención innecesariamente. En cambio, hace su trabajo calladamente, realza la ilustración y hace todo fácil de leer.  Si el diseño está conciente de sí mismo, ‘pavoneándose’, pasará a ser el centro de atracción y distraerá del efecto total de la página. Los aspectos más importantes del diseño que hay que tener en cuenta es la facilidad de lectura—de todos los elementos visuales de la página—y espacio para respirar, el espacio blanco alrededor de la tipografía y las ilustraciones que proporcionan un descanso a los ojos.”

[11] “…el ilustrador empieza con un texto que brotó de la imaginación de otra persona. Debe sumergirse en él y buscar su salida de manera intuitiva antes de que, usando todos sus poderes de investigación e imaginación, lo use como un trampolín desde donde brincar. La idea es darle al autor y el editor no lo que quieren, sino lo que nunca soñaron tener.”

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