¿Y a quién le sonríe el arroz
con infinitos dientes blancos?
(Neruda 9)
Frente a la formalidad y el enojo la risa se desencadena como un collar sonoro que contagia a los escuchas y los convierte en cómplices. Entramos en un “espacio finito de significación” (Berger), un tiempo fuera del tiempo cotidiano, una pequeña fuga de la realidad que distiende los músculos, libera la tensión y explota enérgicamente o silenciosamente, pero explota como un petardo de colores que anima el lugar de nuevos significados. El humor nos aleja de la seriedad de la vida, por un momento, por un instante sólo jugamos y recobramos la alegría.
El humor puede ser definido como la capacidad que tenemos todos los seres humanos para percibir lo cómico, esto es, las incongruencia de la vida o las fallas en la lógica. Aunque existen otros significados del término: en el siglo XVI indicaba temperamento o manera de ser y en latín designa lo líquido o húmedo de un organismo animal. Nosotros vamos a hablar del humor como esa habilidad humana que nos permite comprender lo gracioso o cómico.
El sentido del humor es inherente a todas las personas, no obstante, puede no desarrollarse, hay quienes no son capaces de atrapar los guiños cómicos que les rodean, esos absurdos de la existencia que mueven a la sonrisa o a la carcajada. De hecho, podemos ser víctimas del humor sin darnos cuenta, lo cómico puede surgir libremente sin que se le convoque, los demás lo pueden percibir y nosotros no, lo que puede producir situaciones difíciles.
Reír es un arte, debemos preparar a los individuos desde pequeños para que sean capaces de encontrar en la vida lo festivo, lo hilarante, para que vean las cosas con una nueva mirada que los haga críticos, les permita dudar y buscar nuevas respuestas; bien decía la escritora Rosario Castellanos: la risa es el inicio de la liberación de lo que nos oprime. Si nos podemos reír de los autoritarios, de ese hombre que grita a todo pulmón para que sus sirvientes trabajen y al que su propio jefe intimida; de los ladrones que son robados; de los corruptos que pierden su dinero; de los opresores oprimidos. Si nos podemos reír de todo aquello que no debería existir como la guerra, entonces, esas cosas se vuelven absurdas, ya no dan miedo o causan angustia; son parte de la tontería y caen las caretas. Detrás de todas estas lacras sociales hay humanidad herida o enferma.
¿De qué ríe la sandía
cuando la están asesinando? (Neruda 13)
El humor en la literatura se provoca, es un constructo, producto del esfuerzo del escritor y, por lo tanto, es una poética, una forma del discurso, una manera de decir que puede emplear muchos recursos literarios como el juego de palabras cuando apela a los variados sentidos de los términos empleados; la ironía, cuando lo que se dice explícitamente apunta hacia otro significado oculto cargado de comicidad; el sarcasmo, cuando hay una burla cruel; la sátira, cuando se critica duramente a la sociedad; la hipérbole, cuando existe una exageración de los elementos que puede llevar a la caricatura o a lo grotesco; la parodia, cuando nos burlamos de un discurso al repetirlo o citarlo; etc.
El texto apela al “homo ridens” que somos todos nosotros y confía en nuestra decodificación, pues sin la participación activa del lector es imposible que la risa surja, el humor está en potencia pero no se vuelve acto sin la comprensión del sujeto.
Cada comunidad hablante tiene un código especial de lo cómico, por eso es tan difícil conservar los recursos del humor en una traducción. A veces son elementos del contexto que se cargan del absurdo en nuestra comunidad pero que no podemos compartir con otros grupos sociales. No obstante, también existe un lenguaje del humor universal al que apelan los mimos, los payasos y los comediantes, al que llaman los autores lúdicos.
“Mala suerte”
Chang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte de matar dragones y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de ejercerlo. (Jorge Luis Borges en Valadés)
Hay costumbres, palabras, tristezas, peligros, sueños que las personas humorizan mediante los chistes, los juegos, los choteos. Todos lo hemos vivido, la risa es necesaria y útil: “El hombre asimila lo insoportable mediante dos estrategias opuestas: padecer el trauma de nuevo, como en la tragedia o en el psicoanálisis; vencerlo mediante la comedia o el humor” (Brito 26). De esta manera los individuos pueden superan las grandes tragedias.
El humor en la Literatura infantil y juvenil (LIJ)
Los niños en el mundo también padecen, sus dolores son, a veces, minimizados por los adultos que han olvidado ya su propia infancia; pero esos pesares son relevantes y necesitan un paliativo. En esta época convulsa, estresante y complicada, los niños necesitan reír, en un olvido momentáneo de lo que les rodea y que les permite ver las cosas con otra mirada.
Tenemos múltiples recursos para provocar ese espacio lúdico, uno de ellos es el enorme acervo de la tradición oral: rondas, trabalenguas, canciones, refranes, colmos, chistes, adivinanzas:
Agua pasa por mi casa,
cate de mi corazón:
el que no me lo adivine
es un burro cabezón. (Cerrillo 15)
Este material rico y sonoro es parte de nuestra herencia, no obstante, se está perdiendo, hay que oponerse a esta pérdida promoviéndolo entre los chicos, hay que jugar con ellos, podemos dedicar un tiempo de nuestro ocio productivo en esta difusión y reír con ellos de las ocurrencias y sinsentidos de las palabras, jitanjáforas populares las llamó Don Alfonso Reyes[1], porque provocan el deleite sonoro:
“El reloj de la calavera” (ronda)
Cuando el reloj marca la una,
la calavera sale de su tumba,
tumba, tatumba, tumba, tumba, tumba.
Cuando el reloj marca las dos,
a la calavera le pega la tos,
tumba, tatumba, tumba, tumba, tumba.
Cuando el reloj marca las tres,
la calavera busca a Andrés,
tumba, tatumba, tumba, tumba, tumba.
[…] (Popular en ¿A qué jugamos?)
Los escritores de la LIJ[2] buscan con frecuencia la comicidad en sus textos, pues es un recurso que seduce al lector y les permite crear cómplices de su visión del mundo. Lo podemos constatar en los llamados clásicos como Lewis Carroll, creador de Alicia en el país de las maravillas, gracias al uso del disparate, del absurdo, del recurso del nonsense, sinsentido o jitanjáfora del letrado (juego de palabras que aparenta recrearse sólo en la sonoridad), logró plasmar una de las sátiras más importantes de la sociedad victoriana:
Pero ¿con quién estás hablando?, preguntó el Rey acercándose a Alicia y contemplando la cabeza del Gato con gran curiosidad.
“Es un amigo mío…, un gato de Cheshire”, explicó Alicia. “Voy a presentárselo”.
“No me gusta nada el aspecto que tiene”, confesó el Rey; pero, en fin, puede besarme la mano, si quiere”.
“Prefiero no hacerlo”, observó el Gato
“¡No seas impertinente!”, replicó el Rey. “¡Y no me mires de esa manera!”, añadió parapetándose detrás de Alicia.
Un gato bien puede mirar a su rey”, sentenció Alicia; “lo he leído en alguna parte, pero no recuerdo dónde…”
“Pues hay que eliminarlo entonces” (…) y llamó a la Reina que pasaba por ahí en aquel momento. “¡Querida! ¡Me gustaría que ordenases que eliminaran a este Gato de ahí” (Carroll 141)
El problema fue para el verdugo, pues no podía cortar la cabeza de un gato sin cuerpo, menos cuando esta cabeza se podía desvanecer.
Otro ejemplo lo tenemos en Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito un volumen que cuestiona e ironiza duramente los valores de la sociedad de consumo, industrializada y colonizadora para pugnar por la comprensión, el amor y la paz; su humor parodia los discursos del poder, las tonterías de la avaricia y la aberración de la guerra.
Entre los humoristas más representativos de la LIJ se encuentra el extraordinario Roald Dahl quien se burla de los golosos, los flojos, los iracundos, los berrinchudos y mal educados en Charlie y la fábrica de chocolate. Este autor hizo uso de lo que conocemos como humor negro porque pone en tensión la risa y el dolor, te ríes de algo que no es del todo alegre, es una experiencia agridulce:
Entre nuestros autores infantiles que utilizan de la comicidad para dirigirse a sus jóvenes lectores tenemos a Francisco Hinojosa, Juan Gedovius, Mónica Brozon, Juan Villoro, Felipe Garrido, Emilio Carballido, Jorge Ibargüengoitia, Jaime Alfonso Sandoval, Norma Muñoz Ledo, Judy Goldman, Vivian Mansour, Alejandro Sandoval, Becky Rubinstein, Honorio Robledo… Los estilos son diversos, pues están los que plantean problemas familiares o escolares cotidianos con un toque cómico; los que construyen mundos en los que la realidad y la fantasía se confunden, y aquellos que están abrevando de nuestra tradición para fijar viejas historias en nuevos formatos, o para simular ese tono popular en creaciones personalísimas lúdicas y divertidas.
Hay que revisar los catálogos, leer los textos y seleccionar varios, de distintos tipos, para niños y niñas diferentes, pues el sentido del humor puede ser muy personal, debemos pensar en individuos con gustos particulares y abrir un abanico de posibilidades. Lo importante es que la risa debe estar presente en todas las etapas de la vida, una risa auténtica que haga referencia a algo, no puramente mecánica. Lo relevante es que el sentido del humor es parte de nuestra naturaleza, una parte fundamental y exclusivamente humana en la que interviene el cuerpo y la mente. Un ejercicio que pule el ingenio, en el que se desarrolla la imaginación y favorece la criticidad. “Es un síntoma de alivio, de superación de la tensión o el miedo.” (Berger 95). Es el abracadabra de la alegría.
No debemos olvidar que el humor no está al servicio sólo de las causas nobles, tenemos muchos ejemplos de cómo se le utiliza para agredir o lastimar a algunas personas o grupos sociales, es por esto que se usa como un arma agresiva, no podemos evitar el contacto con este tipo de comicidad, así como no hay modo de evitar la risa cuando se escuchan chistes misóginos o racistas; pero, como intermediarios, tratemos de dirigir nuestra atención hacia la risa sociopositiva y favorecer un humor más sano o fresco.
Bibliografía:
¿A qué jugamos? Serie Literatura Infantil. México: CONAFE, 1998.
Berger, Peter. Risa redentora. La dimensión cómica de la experiencia humana. Trad. Mireia Bofill. Barcelona: Kairós, 1998.
Brito García, Luis. “Golpe de gracia: el humor en siete pecados capitales y una letanía”. Del humor en la literatura. Compilación. México: CONACULTA, 2001.
Carroll, Lewis. Alicia en el país de las maravillas. 12 ed. Trad. Jaime Ojeda. Madrid: Alianza Editorial, 1984.
Cerrillo, Pedro. A la rueda, rueda… Antología del folclore latinoamericano. Madrid: Anaya, 2000
Neruda, Pablo. El libro de las preguntas. Selección. 5ta. ed. Santiago de Chile: Andrés Bello, 1996.
Reyes, Alfonso. “Las Jitanjáforas”. 1929. La experiencia literaria. Ensayos sobre experiencia, exégesis y teoría de la literatura. Narradores de hoy. Textos 6. Barcelona: Bruguera, 1986. 212-264.
Valadés, Edmundo Comp. El libro de la imaginación. 2da. Ed. Biblioteca Joven. México: FCE, 1992.
[1] Jitanjáfora es el nombre que designa un “género de poema o fórmula verbal” (Reyes 221); el deleite puro de la música en las palabras, el encuentro de los sonidos, ritmos y cadencias que nos remonta hacia un significado más allá del significado lógico.
[2] Literatura infantil y juvenil